En los primeros cinco capítulos de La Democracia en América, Alexis de Tocqueville esboza el plan de la obra e invita a desentrañar el sistema político norteamericano desde sus instituciones más pequeñas y primitivas (las comunas o townships básicamente—que nosotros bien podríamos traducir como "municipios"—aunque también habla del condado) hasta las más grandes y complejas (los estados, el sistema de justicia federal, etc). La invitación no es gratuita. Tocqueville afirma que las comunas, de 2000 a 3000 habitantes, son las escuelas de la democracia en las que los intereses y pasiones pasajeras del día le dan a sus habitantes una idea clara sobre sus derechos y deberes políticos.
¿Cómo toman sus decisiones dichas comunas? Con asambleas a mano alzada (incluso las llega a comparar con las asambleas de Atenas), en las que se reparten los deberes/cargos comunales y donde la condición de vecino es fundamental para despertar en el ciudadano un interes directo por la cosa pública (por ejemplo, cuando habla del condado afirma que las asambleas "condales" no tienen sentido pues los pobladores no comparten los mismos vínculos y recuerdos que en una comuna).
Tocqueville es muy claro al decir que las comunas no admiten la democracia representativa para la toma de sus decisiones, y no le parece del todo mal. La democracia directa en la comuna tiene el efecto de desparramar el poder e interesar en la cosa pública al mayor número de personas, ya sea porque reparte toda clase de cargos o porque cualquiera puede alzar la voz como vecino en la asamblea. Es más, es precisamente este mecanismo el que, lejos de sofocar la libertad individual, la inflama, porque cada individuo llega a ser conciente de sus capacidades políticas en el mismo seno de su sociedad al momento de participar en la toma de decisiones de su comunidad.
Es notable que Tocqueville considere como una vergüenza para el género humano las leyes puritanas instrumentadas por la comunas, que castigaban con azotes a personas que no guardaran el domingo, o a las mujres que fueran sorprendidas cometiendo adulterio. Con el tiempo estas leyes desaparecieron o dejaron de practicarse, pero el espíritu comunal permació hasta bien entrado el XIX. Es precisamente este espíritu comunal, en donde el individuo podía tomar decisiones en las cosas que atañían a su entorno más cercano, uno de los pilares de la democracia americana de aquellos años.
No tengo que decir que una institución central de los municipios de usos y costumbres en Oaxaca es la asamblea vecinal, que a diferencia de los municipios de partidos, no opera como una democracia representativa y que al igual que las comunas de la Nueva Inglaterra, reparte cargos y deberes a sus habitantes. El sistema de cargos y la asamblea comunal son las dos instituciones clave de los municipios regidos por los usos y costumbres en Oaxaca.
Así, una crítica liberal seria debería ser capaz de reconocer que los municipios de usos y costumbres contienen instituciones en las que el germen de la democracia y la libertad individual está presente. También debería saber que a medida que el estado nacional se consolida, los particularismos en la aplicación de la justicia dejan de ser potestad de la comuna y esos usos que son "una vergüenza" para el género humano tienden a desaparecer. Está muy bien que la crítica liberal vaya encaminada a corregir los particularismos que ofenden los derechos de las minorías (al mismo Tocqueville se le olvidó mencionar que quienes tenían derecho al voto en las comunas eran solo los hombres), pero esta mal que ante el espejo de una institución clave para la democracia en México, los liberales no se reconozcan a sí mismos.
Respuesta de Aguilar Rivera:
respuesta a SicabÃ
Estimado Sicabí: la crítica me parece ingeniosa y te felicito por el uso polémico–y paradójico—que haces de Tocqueville. Tu argumento es atendible, a diferencia de los mediocres comentarios que hacen lectores refugiados en el anonimato. Es cierto que para él, el germen de la democracia en Estados Unidos era el “township”. Pero a pesar de la común ausencia de “instituciones representativas”, existen significativas diferencias entre los condados del Nueva Inglaterra y los municipios oaxaqueños.
Para empezar, el vigor local de los condados tenía un origen muy claro: la idea de la soberanía popular. En efecto, escribió Tocqueville, “cada individuo se supone tan instruido, virtuoso y poderoso como cualquiera de sus semejantes”. La ideología que inspira a las comunidades indígenas, por el contrario, es muy diferente. Tiene que ver con la desigualdad y la jerarquía social. Eso fue precisamente lo que observamos cuando en 1997 hicimos un estudio para el IFE. Las autoridades tradicionales (que en lo absoluto se sienten iguales al resto de las personas que forman la comunidad), se negaban sistemáticamente a que personas insaculadas, pero consideradas “inferiores” en la escala social comunitaria, se desempeñaran como funcionarios de casilla. Estaban, de esta forma, en contra del método esencialmente democrático: el sorteo. No me refiero a la democracia liberal, sino a la que se practicaba en Atenas. D
e la misma forma, la noción de ciudadanía de muchas comunidades en Oaxaca es mucho más reducida y particularista que la de los “townships” a los que se refería Tocqueville. Es cierto que ahí las mujeres no votaban, pero los varones residentes en los confines territoriales del condado sí lo hacían. La pertenencia no era particularista. En cambio en Oaxaca, numerosas comunidades han excluido tanto a los habitantes de las agencias como a personas que, aunque habitan en el municipio (como los residentes de unidades habitacionales del (infonavit), no son consideradas como parte de la “comunidad”. No mencionemos el caso de las mujeres. Cancelan así sus derechos políticos. Esto hubiera sido impensable para Tocqueville.
En el fondo, las sociedades locales a las que se refería Tocqueville como precursoras de la democracia eran comunidades de individuos con firmes creencias individualistas. En cambio, lo que priva en Oaxaca es la ideología comunitarista que subordina a las personas a la colectividad. Por eso no pueden ser la semilla de un cambio democrático en el futuro. Les falta una perspectiva igualitarista. No todos los localismos son fructíferos para la democracia. Y el de Oaxaca ciertamente no lo es.
¿Cómo toman sus decisiones dichas comunas? Con asambleas a mano alzada (incluso las llega a comparar con las asambleas de Atenas), en las que se reparten los deberes/cargos comunales y donde la condición de vecino es fundamental para despertar en el ciudadano un interes directo por la cosa pública (por ejemplo, cuando habla del condado afirma que las asambleas "condales" no tienen sentido pues los pobladores no comparten los mismos vínculos y recuerdos que en una comuna).
Tocqueville es muy claro al decir que las comunas no admiten la democracia representativa para la toma de sus decisiones, y no le parece del todo mal. La democracia directa en la comuna tiene el efecto de desparramar el poder e interesar en la cosa pública al mayor número de personas, ya sea porque reparte toda clase de cargos o porque cualquiera puede alzar la voz como vecino en la asamblea. Es más, es precisamente este mecanismo el que, lejos de sofocar la libertad individual, la inflama, porque cada individuo llega a ser conciente de sus capacidades políticas en el mismo seno de su sociedad al momento de participar en la toma de decisiones de su comunidad.
Es notable que Tocqueville considere como una vergüenza para el género humano las leyes puritanas instrumentadas por la comunas, que castigaban con azotes a personas que no guardaran el domingo, o a las mujres que fueran sorprendidas cometiendo adulterio. Con el tiempo estas leyes desaparecieron o dejaron de practicarse, pero el espíritu comunal permació hasta bien entrado el XIX. Es precisamente este espíritu comunal, en donde el individuo podía tomar decisiones en las cosas que atañían a su entorno más cercano, uno de los pilares de la democracia americana de aquellos años.
No tengo que decir que una institución central de los municipios de usos y costumbres en Oaxaca es la asamblea vecinal, que a diferencia de los municipios de partidos, no opera como una democracia representativa y que al igual que las comunas de la Nueva Inglaterra, reparte cargos y deberes a sus habitantes. El sistema de cargos y la asamblea comunal son las dos instituciones clave de los municipios regidos por los usos y costumbres en Oaxaca.
Así, una crítica liberal seria debería ser capaz de reconocer que los municipios de usos y costumbres contienen instituciones en las que el germen de la democracia y la libertad individual está presente. También debería saber que a medida que el estado nacional se consolida, los particularismos en la aplicación de la justicia dejan de ser potestad de la comuna y esos usos que son "una vergüenza" para el género humano tienden a desaparecer. Está muy bien que la crítica liberal vaya encaminada a corregir los particularismos que ofenden los derechos de las minorías (al mismo Tocqueville se le olvidó mencionar que quienes tenían derecho al voto en las comunas eran solo los hombres), pero esta mal que ante el espejo de una institución clave para la democracia en México, los liberales no se reconozcan a sí mismos.
Respuesta de Aguilar Rivera:
respuesta a SicabÃ
Estimado Sicabí: la crítica me parece ingeniosa y te felicito por el uso polémico–y paradójico—que haces de Tocqueville. Tu argumento es atendible, a diferencia de los mediocres comentarios que hacen lectores refugiados en el anonimato. Es cierto que para él, el germen de la democracia en Estados Unidos era el “township”. Pero a pesar de la común ausencia de “instituciones representativas”, existen significativas diferencias entre los condados del Nueva Inglaterra y los municipios oaxaqueños.
Para empezar, el vigor local de los condados tenía un origen muy claro: la idea de la soberanía popular. En efecto, escribió Tocqueville, “cada individuo se supone tan instruido, virtuoso y poderoso como cualquiera de sus semejantes”. La ideología que inspira a las comunidades indígenas, por el contrario, es muy diferente. Tiene que ver con la desigualdad y la jerarquía social. Eso fue precisamente lo que observamos cuando en 1997 hicimos un estudio para el IFE. Las autoridades tradicionales (que en lo absoluto se sienten iguales al resto de las personas que forman la comunidad), se negaban sistemáticamente a que personas insaculadas, pero consideradas “inferiores” en la escala social comunitaria, se desempeñaran como funcionarios de casilla. Estaban, de esta forma, en contra del método esencialmente democrático: el sorteo. No me refiero a la democracia liberal, sino a la que se practicaba en Atenas. D
e la misma forma, la noción de ciudadanía de muchas comunidades en Oaxaca es mucho más reducida y particularista que la de los “townships” a los que se refería Tocqueville. Es cierto que ahí las mujeres no votaban, pero los varones residentes en los confines territoriales del condado sí lo hacían. La pertenencia no era particularista. En cambio en Oaxaca, numerosas comunidades han excluido tanto a los habitantes de las agencias como a personas que, aunque habitan en el municipio (como los residentes de unidades habitacionales del (infonavit), no son consideradas como parte de la “comunidad”. No mencionemos el caso de las mujeres. Cancelan así sus derechos políticos. Esto hubiera sido impensable para Tocqueville.
En el fondo, las sociedades locales a las que se refería Tocqueville como precursoras de la democracia eran comunidades de individuos con firmes creencias individualistas. En cambio, lo que priva en Oaxaca es la ideología comunitarista que subordina a las personas a la colectividad. Por eso no pueden ser la semilla de un cambio democrático en el futuro. Les falta una perspectiva igualitarista. No todos los localismos son fructíferos para la democracia. Y el de Oaxaca ciertamente no lo es.
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