jueves 10 de junio de 2010

¿Vivir mejor?... Mejor vivir




A continuación transcribo lo que el escritor José Agustín opinó al final de su autobiografía, El Rock de la Cárcel (1990), sobre su experiencia dentro de la antigua prisión de Lecumberri. José Agustín estuvo preso durante un año y medio al ser acusado de tráfico de marihuana entre 1969 - 1971. Sobra decir que el cargo era falso.



Desde antes había expresado públicamente mi simpatía por una despenalización del consumo de la mariguana, como ya ocurría en varias partes de Estados Unidos y Europa; pensaba que el consumo y la venta de mariguana debían legalizarse y reglamentarse con las condicionales de rigor, la prudencia necesaria y la conciencia plena de la complejidad del asunto. Sería la única manera de acabar con el tráfico y los traficantes que (como decía John Kay en "The pusher") son los verdaderos monstruos; esos supermillonarios disponen de inmensos terrenos, flotillas de aviones y helicópteros, armas y dinero sin límite, y continúan sus operaciones sin mayores problemas, con algún chivo expiatorio de vez en cuando, mientras caen presos los que trafican en baja escala, los campesinos que la siembran y los que la consumen. Los chavos en especial eran vejados, golpeados y encarcelados con todo el rigor de la ley y la pesadilla de la burocracia, para la cual el tiempo no existe. Antes conocí a muchos chavos macizos pero en mi estancia en Lecumberri vi hileras interminables. Muchachitos de clase media o de clase baja que aún eran frescos, románticos, ingenuos, con mayor o menor inteligencia, con fallas y virtudes como cualquier otro, en Lecumberri hallaban el lado más negro y sórdido de la sociedad, las puertas de la corrupción y la degradación profundas, al vicio de las drogas peligrosas: la tecata, o la heroína rebajada, los barbitúricos o el cemento. Ninguno de esos muchachos debía, con toda justicia, considerarse delincuente. Ni ser estigmatizado como drogadicto por haber fumado mariguana unas cuantas o infinidad de veces. Nada de eso era ni remotamente comparable a asesinar, robar, violar, lesionar, defraudar. Además, en esa época fumar mariguana era ir con una corriente colectiva, una fiesta que no podía durar mucho. La sociedad no mostraba ni comprensión ni sabiduría, sino más bien, hipocresía, fariseísmo. En un sistema en el que se intriga, se traiciona, se envilece; donde se justifican asesinatos masivos y la explotación, donde se permiten prácticas políticas, comerciales, industriales, profesionales, financieras, deportivas y culturales impregnadas de usura y de la más vulgar materialidad, donde todos se intoxican con alcohol, estimulantes y tranquilizantes, calmantes, modas, televisión o fanatismo, de pronto todos se erigen en defensores de la salud, de la virtud, y se escandalizan, satanizan a muchos jóvenes que rechazan la miseria moral en que se vive y que lo manifiestan déjandose las greñas, oyendo rock y atacándose con mariguana y otros alucinógenos. Despeñarlos en la cárcel, especialmente en Lecumberri, era a todas luces excesivo. Estar en prisión, por muy bien que le pueda ir a cualquiera después, es demasiado brutal, injustificado e inapropiado para enfrentar un problema de hondas raíces sociales y psicológicas. Ese día, sentado en la banquita bajo el sol, esperando una boleta de libertad que tardaba tanto en llegar, era consciente de que en mi vida se cerraba un ciclo y se iniciaba otro. No sabía entonces cuánto tiempo, cuántos padecimientos, me llevaría cerrar la herida que apestaba a Lecumberri, en verdad un sitio cargado de las peores vibraciones de México. Deberion derruirlo. (El énfasis es mío. Debolsillo, 218-219)



Parece que 40 años después la sociedad sigue sin mostrar comprensión ni sabiduría y por el contrario, se está poniendo peor. Que tengan un buen día.

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